Olivier tuvo que volver a hacer el viaje para terminar el trabajo. “En la segunda ocasión, las condiciones eran mejores. Utilicé una mascarilla antigás y gafas de protección, y aun así, trabajar entre gases ácidos era un incordio. Aunque cambiaba el filtro cada día, siempre quedaba un polvo amarillo en el interior de la máscara. Cuando sentía un fuerte olor a azufre sabía que era el momento de salir de allí. Incluso el color oscuro de mi pelo, después de una noche en el volcán se aclaraba con un tono amarillento”.
“En tres días, mi piel comenzó a pelarse a causa del ácido. Todo apestaba a azufre, con un hedor que es una mezcla entre amoniaco y huevos podridos. Después de la segunda y la tercera visita, tuve que dar mi ropa a los mineros porque no era capaz de quitar el olor.
Mi piel continuó oliendo a azufre hasta tres semanas después de regresar, y tuve más de un problema para explicar en la aduana por qué mi equipaje olía tan mal”.
En la segunda y tercera ocasión, utilizó una D3S con una protección plástica diseñada para la lluvia sobre el cuerpo de la cámara. “Funcionó a la perfección y la cámara superó la prueba”, nos explica, “pero cambiar de objetivo suponía un verdadero esfuerzo; tenía que alejarme bastante de las zonas donde había gas. Por la noche, me gusta utilizar el trípode y objetivos fijos para poder trabajar con diafragmas amplios, en especial con la D3S, una cámara idónea para este trabajo. Sus elevados niveles ISO marcan la diferencia, es increíble. Y no es solo porque sean altos, sino que la cámara es capaz de plasmar un contraste magnífico con gran detalle, justo lo que hacía falta en este proyecto. La cámara captó el alto nivel de contraste entre el volcán, las llamas azules, la luz de las antorchas y, en ocasiones, hasta la luz de la luna. La calidad de imagen de la D3S es espectacular, apenas tuve que hacer ningún tipo de retoque”.
“Ahora, cada vez que viajo siempre utilizo la D3S. La D700 es fantástica como cuerpo de reserva, y cuando necesitas una cámara más pequeña es incomparable”.