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Fecha de publicación:  23/01/2012
Olivier Grunewald

Los trabajadores que recogen azufre del volcán activo de Kawah Ijen, en Indonesia, arriesgan sus vidas a diario. Olivier ha documentado sus esfuerzos bajo la fantasmagórica luz azulada de gases sulfurosos incandescentes.
Fuente: Nikon Pro
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No solo parece un infierno, lo es. Los hombres que extraen el azufre trabajan en unas condiciones espantosas. El Kawah Ijen es un volcán activo que arroja gases tóxicos y tiene un lago azul turquesa de aguas ácidas con 1.000 m de ancho y 200 m de profundidad en su cráter. Está compuesto por una solución corrosiva de ácido clorhídrico y sulfúrico a 33˚ C, capaz de disolver ropas y metales. De un rojo brillante, el azufre fundido gotea de las tuberías incrustadas en el volcán para facilitar su extracción. Cuando el azufre se enfría y se vuelve amarillo, los mineros lo rompen en pedazos con unas largas barras metálicas.

Los gases pueden provocar quemaduras en la piel, problemas respiratorios, tos crónica y, con el tiempo, pueden llegar a disolver los dientes de los mineros. Como protección, solo utilizan un paño húmedo sobre la boca. En los últimos 40 años, 74 mineros han muerto tras marearse con los gases. En las cestas, llegan a cargar hasta 90 kg de azufre, que después tienen que acarrear por un empinado sendero de unos 200 m hasta llegar al borde del volcán, para bajar después otros 3 km hasta el punto de recogida del mineral.

Indonesia es uno de los últimos lugares donde el azufre se extrae de este modo, dado que la mayor parte del azufre utilizado se obtiene como subproducto del refinado del petróleo. Este producto químico se emplea en muchos procesos industriales, como el vulcanizado del caucho, la producción de fertilizantes y, en este caso, para blanquear el azúcar.

Olivier ya había fotografiado esta mina hace 10 años pero a la luz del día, sin saber que por la noche, el volcán se ilumina con unas llamaradas azules fantasmagóricas. Lo descubrió un amigo suyo durante una acampada al borde del volcán. Cuando Olivier vio las fotos, se quedó atónito: “Busqué en Internet pero no vi ninguna imagen del volcán de noche, así que la única manera de desvelar el misterio era verlo in situ”.
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Por el día hay unos 300 mineros trabajando, pero solo 30 tienen el valor suficiente para trabajar de noche, puesto que a oscuras es más difícil evitar los gases.

El propio Olivier nos lo explica: “Por la noche, si te ves atrapado en una nube, tienes que esperar a que el viento se la lleve, y a veces puede tardar hasta una hora. Aun así, algunos mineros prefieren trabajar de noche porque al haber menos gente, tardan menos en recoger el azufre. Además, hace más fresco, y eso mitiga la ardua tarea de subir una carga tan pesada hasta la boca del volcán”.

Las llamas azules producidas por el azufre incandescente llegan a medir varios metros pero no son visibles a la luz del día, así que Olivier tomó su cámara y se unió al turno de noche “Aunque les sorprendía encontrarse con una persona de raza blanca por la noche, los mineros eran muy cordiales”, nos comenta Olivier. “Les ofrecí galletas y agua, les expliqué mi proyecto y les hizo mucha ilusión que les fotografiase para mostrar su trabajo. A pesar de lo penoso de su tarea, aquellos hombres están muy orgullosos de trabajar allí, porque ganan el doble que los trabajadores de las plantaciones de café de los alrededores”.

Olivier ya había visto la dureza del trabajo en su primer viaje al volcán. “Era como si estuviese en otro planeta. No iba bien preparado y tenía que dejar de fotografiar porque el gas llegaba a cegarme casi por completo. Durante todo el día, los ojos no me dejaban de llorar y no podía enfocar. Estaba realmente preocupado. El gas también llegó a estropear la D700 y dos objetivos hasta el punto de que ninguno de los tres se pudo reparar, porque el gas había deshecho los circuitos electrónicos.
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Olivier tuvo que volver a hacer el viaje para terminar el trabajo. “En la segunda ocasión, las condiciones eran mejores. Utilicé una mascarilla antigás y gafas de protección, y aun así, trabajar entre gases ácidos era un incordio. Aunque cambiaba el filtro cada día, siempre quedaba un polvo amarillo en el interior de la máscara. Cuando sentía un fuerte olor a azufre sabía que era el momento de salir de allí. Incluso el color oscuro de mi pelo, después de una noche en el volcán se aclaraba con un tono amarillento”.

“En tres días, mi piel comenzó a pelarse a causa del ácido. Todo apestaba a azufre, con un hedor que es una mezcla entre amoniaco y huevos podridos. Después de la segunda y la tercera visita, tuve que dar mi ropa a los mineros porque no era capaz de quitar el olor.

Mi piel continuó oliendo a azufre hasta tres semanas después de regresar, y tuve más de un problema para explicar en la aduana por qué mi equipaje olía tan mal”.

En la segunda y tercera ocasión, utilizó una D3S con una protección plástica diseñada para la lluvia sobre el cuerpo de la cámara. “Funcionó a la perfección y la cámara superó la prueba”, nos explica, “pero cambiar de objetivo suponía un verdadero esfuerzo; tenía que alejarme bastante de las zonas donde había gas. Por la noche, me gusta utilizar el trípode y objetivos fijos para poder trabajar con diafragmas amplios, en especial con la D3S, una cámara idónea para este trabajo. Sus elevados niveles ISO marcan la diferencia, es increíble. Y no es solo porque sean altos, sino que la cámara es capaz de plasmar un contraste magnífico con gran detalle, justo lo que hacía falta en este proyecto. La cámara captó el alto nivel de contraste entre el volcán, las llamas azules, la luz de las antorchas y, en ocasiones, hasta la luz de la luna. La calidad de imagen de la D3S es espectacular, apenas tuve que hacer ningún tipo de retoque”.

“Ahora, cada vez que viajo siempre utilizo la D3S. La D700 es fantástica como cuerpo de reserva, y cuando necesitas una cámara más pequeña es incomparable”.
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UNA PASIÓN EXPLOSIVA POR LOS VOLCANES

Olivier es uno de los pocos fotógrafos especializados en fotografía de volcanes. Todo viene de un proyecto de 1997 para un libro de historia natural, cuando en un viaje, un volcán activo de Hawái despertó su interés. “Es increíble ver cómo la lava fluye del volcán al mar, es una auténtica lucha entre los elementos”, nos confiesa.

“Me enganchó totalmente, no solo por el hecho de hacer las fotografías, sino por vivir la experiencia”, “Sientes el movimiento del suelo, el calor, el olor... Nunca sabes lo que puede pasar. A veces, mientras estás durmiendo, hay escapes repentinos de ríos de lava en mitad de la noche. En esos casos, tienes que actuar con rapidez”.

“No estás exento de peligro, es un volcán. Por eso, siempre tengo mucho cuidado y voy con otros expertos”. “El año pasado, me encontraba en Islandia durante la erupción del Eyjafjallajökull. Fue un espectáculo impresionante por la gigantesca columna de cenizas que expulsó. Vi cómo la lava fluía hacia un acantilado cubierto de hielo causando una tremenda explosión. Sobrecogía ver aquella descomunal columna de humo y la enorme cantidad de cenizas. Después, se abrió una grieta inmensa en la cima del glaciar y brotó una cortina de lava de 100 m de alto y 5 m de fondo. Al anochecer, las auroras boreales se veían justo por encima de la boca del volcán”.
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“Otra vivencia destacable fue el viaje al volcán de Nyiragongo en la República Democrática del Congo para fotografiar su lago de lava. Tuvimos que acampar dentro del cráter y fuimos los primeros en llegar hasta el borde del lago de lava. Hacer lo que nadie había hecho nunca fue sencillamente magnífico”.

Clientes
Revistas como GEO, National Geographic y Stern.

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Nikon D3S, D700 y utilicé el AF-S NIKKOR 24 mm f/1.4G ED, AF-S NIKKOR 24-70 mm f/2.8G ED, AF-S NIKKOR 70-200 mm f/2,8G ED VR II




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Empecé a usar Nikon en 1982. Me gusta la evolución de sus cámaras y el hecho de haber podido ir pasando de un modelo al siguiente sin ningún tipo de dificultad.

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