Bleda Y Rosa. Premio Nacional de Fotografía 2008.
O el triunfo de los discursos vacuos.
OPINIÓN. Núria Gras
Hace algunas semanas se hizo público, como cada año, el nombre del nuevo Premio Nacional de Fotografía, reconocimiento otorgado por el Ministerio de Cultura a una trayectoria fotográfica que ha representado una importante aportación en el ámbito de la fotografía de autor en nuestro país.
Este año, sorprendentemente, el premio ha recaído en dos fotógrafos cuya trayectoria y obra resulta bastante desconcertante. María Bleda (Castellón, 1969) y José María Rosa (Albacete, 1970).
Según el acta del jurado, “el trabajo de Bleda y Rosa representa la renovación de uno de los fundamentos del medio fotográfico, la fotografía documental, a través de una profunda reflexión sobre la relación entre memoria, espacio e imagen".
Desconcierta su juventud, al lado de nombres con recorridos artísticos tan largos y trabajos tan consolidados como: Joan Colom, Humberto Ribas, Chema Madoz o Ouka Leele. Todos ellos reconocidos con el Premio Nacional de Fotografía, en años anteriores.
Pero también resulta desconcertante situarse ante su trabajo. El elaborado discurso de Bleda y Rosa y sus tintes documentalistas son un producto de diseño, gestado en las enseñanzas de Bernd y Hilda Becher y en la búsqueda de la identidad perdida, omnipresente en la temática de la creación contemporánea.
Gracias a este ejército de creadores, manufacturados en Dusseldorf al calor de la aséptica y sosa mirada de los Becher, la fotografía documental contemporánea se ha convertido en una triste secuencia imitativa, en su fondo y en su forma.
No pretendo restar mérito de la corriente documental iniciada por los Becher, ni al dilatado trabajo realizado por ellos. Pero la influencia, o la insistencia, de sus alumnos en repetir ese patrón hasta el aburrimiento, nos deja, demasiado a menudo, trabajos de un enorme virtuosismo técnico, hermosos a veces, pero vacios del discurso que pretenden poner en pie.
Este podría ser el caso de Bleda y Rosa.
La fotografía se ha convertido en un medio de creación de gran trascendencia en la cultura contemporánea, y el potente discurso intelectual la forma de avalar obra fotográfica, presuntamente de expresión personal, que demasiadas veces no se sostiene por si misma.
Quizás ya sea hora de separar el grano de la paja y trazar una línea divisoria entre la fotografía de creación libre, frente el mercadeo del arte y los intereses, políticos y comerciales, que mueven este mercado.
Quizás ya sea hora de aparcar conceptos, demasiado desgastados, del discurso contemporáneo y permitir a los autores hablar a través de sus imágenes, libremente y sin condiciones.