Las amapolas destacan con fuerza en los campos de trigo castellanos. Su rojo vivo rompe la monotonía del amarillo y convierte el paisaje en algo más que cereal maduro: lo llena de vida, de contraste. Son flores humildes, silvestres, que no se plantan ni se cuidan, pero ahí están, marcando con claridad su presencia entre la uniformidad del cultivo.
La intensa evaporación de ese día permitía realizar estas fotografías con este efecto de degradado o pincelada.
Nikon Z8
Sigma 150-600