Estaríamos equivocados si pensásemos que los fotorreporteros son hombres y mujeres alejados del mundo normal, locos por el riesgo incontrolado, ávidos de noticias sensacionalistas. De estos hay, evidentemente; pero la mayoría escuchan los latidos de un mundo ignorado donde las guerras y los derechos de las personas se pisan sistemáticamente y no merecen los titulares de la prensa cómoda ni los debates de una comisión de expertos. Porque hay guerras y conflictos de primera clase y otros ante los cuales los países desarrollados giran la cara como si no existieran. Gervasio Sánchez –y, como él, tantos fotoperiodistas– ejerce el derecho a la libertad de expresión hasta las últimas consecuencias donde el límite entre el peligro y la seguridad es muy impreciso. Gervasio respeta el derecho a la intimidad de las víctimas y se implica con la distancia que exige el equilibrio personal. Por medio de sus trabajos fotográficos denuncia al mundo entero cómo viven, cómo sienten y se relacionan, y cómo mueren los ciudadanos de Sierra Leona, de Afganistán, de Irak y de territorios del planeta donde la guerra y la devastación, la tortura y el genocidio son la norma de conducta de los que no la tienen; de aquellos lugares del mundo donde la píldora de la democracia quiere imponerse por la fuerza de las armas.
Gervasio es rigurosamente puntual. A pesar de la distancia, contesta los correos electrónicos con una eficacia absoluta porque sabe que su testimonio depende de un instante que es irrepetible y aprovecha la sensibilidad de ciertas instituciones y de alguna prensa escrita que, al margen de las ventas que sus reportajes puedan dar a la empresa del rotativo, tienen la valentía de situar los trabajos de Gervasio al lado de un artículo glamuroso en el cual se hacen explícitas las vergüenzas de los más ricos y la ostentación de los poderosos. Y el lector –que sabe discernir– queda atrapado por las palabras y las imágenes del periodista Gervasio Sánchez. Confiesa amargamente que la prensa ha renunciado al papel social que le corresponde y dice que hoy en día está de moda un periodismo superficial y acrítico. ¡Sobre todo que los reportajes de denuncia no molesten a los anuncios de publicidad de la página de al lado! Y, en cambio, nadie, desde el punto de vista de la investigación periodística, trabaja sobre los grandes problemas del mundo de hoy, como son la inmigración ilegal, las mafias que la controlan y el cambio social que significa la llegada de hombres y mujeres de otras culturas.
Mientras enfoca el objetivo, siente en lo más profundo el dolor de las víctimas que morirán y quedarán inmortalizadas en su obra, y a veces la vista se le nubla porque no ha podido concentrarse debido a la magnitud del drama. Y renuncia a disparar la cámara. Los niños y las niñas mutilados de Sierra Leona son hoy sus hijos y Gervasio se siente parte de la historia; de las historias olvidadas, como dice su amigo Chema, español comprometido en aquel país africano, ligado por un compromiso social y religioso.
Gervasio ha cumplido 25 años como reportero de guerra y, pese a la prudencia, ha vivido el peligro a un milímetro de distancia. Algunos hombres y mujeres de sus trabajos han muerto víctimas de la violencia y la enfermedad absurda que sólo la paz hubiera podido evitar. Amigos de profesión dejaron este mundo cuando eran demasiado jóvenes. Y, sin embargo, Gervasio mantiene una actitud humilde y habla de los que sufren y se ignora a sí mismo.