La primera vez que viajé a Pakistán fue con la que por entonces era Primera Ministra del país, Benazir Bhutto, a su regreso del Reino Unido en octubre de 2007. A decir verdad, era una situación delicada porque volvía de nuevo a su país, y al salir del avión iría directamente a la visitar la tumba de su padre. Sabíamos que tardaría mucho en hacer ese recorrido porque había cientos de miles de personas esperando para recibirla. La AFP me dijo que llevase únicamente equipaje de mano y poco más, para no perderla de vista y poder permanecer cerca de ella.
No había dudas de que sería un caos, así que nada más aterrizar me metí en el coche con ella, lo que le sorprendió sobremanera porque solo deberían ir ella y su cuerpo de seguridad, pero aun así me dejaron quedarme. Nos llevaron a zonas de pasaportes diferentes y mientras yo estaba ocupado enviando las fotos que hice en el avión, ella salió por la puerta, se subió a la furgoneta e inició el recorrido muy lentamente atravesando una multitud de cientos de miles de personas. No sabía qué hacer, y fue entonces cuando vi una furgoneta grande que iba detrás con hombres armados con metralletas y les pregunté si podía subir con ellos. Me dijeron: “Por supuesto, saque su ordenador, envíe sus fotografías, tenemos aire acondicionado, aquí estará cómodo”, lo cual fue un alivio, porque la mayor parte de los periodistas iban apretujados en otra furgoneta desvencijada más atrás.