El 25 de agosto leí lo de la tomatina, acto que sólo he visto en la tele. El día 26 un jardinero en plena faena me sirvió de despertador, salí, vi el día no muy caluroso y me dije: "allá voy". Cojí mi coche y puse rumbo a Buñol. Un amable Policía de la localidad me indicó un camino para acercarme más con el coche y así no tener que andar 15 minutos cargado con las cámaras. Luego un vecino me aconsejó que siguiera el agua que los camiones dejaban en la calzada para llegar al núcleo de la fiesta.
Llegué a las diez de la mañana. Allí estaba yo, cual guiri recién llegado, sin saber muy bien de qué iba todo. Me metí en una calle y me dijeron que desde allí se veía bien. Tiraron un 'tro d'avís' y antes de que pudiera darme cuenta empezaron a repartir a diestro y siniestro. Me refugié bajo un portal y una simpática vecina me ofreció unas servilletas. Por si acaso, yo empecé a tomar fotos, y antes de disparar la primera foto, me diapararon a mi un tomatazo en la cabeza, que me acabó de despertar. En ese momento, me dije a mí mismo, ¿y yo qué hago aquí?, aquello era una locura, todo lo veía rojo tomatil, y yo con ropa de domingo. Cada vez que disparaba la foto, tomatazo que te crió. Al final sólo me preocupaba de las cámaras, que como buen principiante las llevaba sin bolsas ni nada, mientras aquella batalla iba increschendo.
Ya puestos, de perdidos al río. Yo no podía defenderme, iba como un soldado sin armas, sólo podía hablar y mirar. “Perdón, sería tan amable de dejarme pasar” (sin mojarme, gracias, decía para mis adentros). Apuntaba con la cámara y zas!, otro proyectil que me alcanzaba la cabeza, y tomatazo también sobre mi cámara.
La temperatura empiezaba a subir. Yo me refugiaba como podía de la infantería de tomates. Finalmente, otro 'tro d'avís' y se acabó. Ahora sólo tenía que salir de allí (si sabía), llegar a mi coche y no meterme un piñazo por las calles de Buñol.
Una vez logré salir de la marea roja, parte de lesiones: zapatillas blancas para lavar siete veces seguidas, un polo que tiene más medallas que un Capitán General, el pantalón ídem, y mi cabeza... por Dios, cuando me ví casi me desmayo. Parecía como si me hubieran atizado. Las gafas de sol directamente a lavar bajo el grifo. Mi reloj acabó tan perjudicado que no se veía ni la hora. Suerte que como tengo poco pelo, pues se salvó, y mi sombrero, que era verde, se había hecho de camuflaje como consecuencia del tomate una vez seco.