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Dic2014
Cámara: Nikon D810.
Objetivo: AF-S NIKKOR 24-70mm f/2.8G ED
Eventos fotografiados: una manifestación, una feria temática, un espectáculo de danza.
El primer día que salí a trabajar con la cámara llovió, diluvió, y no llevaba en la mochila una funda protectora adecuada. Aplicando el refranero más optimista y su “no hay mal que por bien no venga”, aproveché para testear si el cuerpo estaba realmente sellado al agua. Protegí la lente con una bolsa de plástico y las gotas que salpicaron el cuerpo, muchas, demasiadas, se marcharon como llegaron, sin más.
Un par de días después cubrí el festival erótico de Barcelona, organizado en un polideportivo. Y el amigo Heráclito apareció de nuevo para explicar dos temas.
El edificio elegido para la sesión de danza, está recubierto de fragmentos que cambian de luz cada vez que te mueves frente a ellos, constantemente.
Paredes de metal que, como el mismo río en el que no podemos bañarnos dos veces, que diría Heráclito, siempre son distintas aun siendo las mismas.
Tratándose de un trabajo de danza y disparando en RAW 14 bits y modo de disparo continuo a baja velocidad, los 5 fps y las 23 fotografías consecutivas que ofrece la D810 son casi tan imprescindibles como resolutivas; a veces, en situaciones más o menos imprevisibles, ayuda encontrar un encuadre y esperar, dedo en disparador, que ese momento esperado suceda ante la cámara.
Y en esa posición, por cierto, un último detalle no por obvio menos importante: la ergonomía. Con una cámara que pesa 980 gramos, una lente de 902 g. y un brazo (el mío) muy modesto, se agradece que la empuñadura sea cómoda y fiable. Si alguien llega a la D810 desde las conocidas D3/D3s o D4/D4s, la sentirá casi tan robusta y algo más ligera, los que lleguen de rangos inferiores, al contrario, encontrará un aspecto, solidez y manejo profesional y más peso (casi el doble) que la D5300 o la D7100.